El hongo y la tortuga

La tarde se enciende como un fósforo colosal mientras la tortuga desova en la duna más alta de la playa. El fulgor disminuye para ceder paso al hongo que visto desde esta distancia parece brotar del océano: un retoño en el suelo de un bosque sembrado de hojas caídas que en realidad son crestas de olas. A lo largo de la semana, luego de que el macho se extraviara mar adentro, la tortuga ha atestiguado la proliferación de hongos en la línea del horizonte, esa sutura que une agua y cielo en un solo tejido de colores cada vez más cambiantes, cada vez más radioactivos. Última de su especie, casi centenaria, la tortuga sabe instintivamente que los hongos cultivados en la lejanía no son comestibles sino carnívoros por naturaleza. Lo que no sabe, mientras deposita el huevo final en el nido y observa la marea vuelta una sustancia oleaginosa, es que a la tarde siguiente esa misma lejanía soltará un navío de velas desgarradas que se acercará penosamente a la isla desierta. A bordo viajarán un macho curtido por el sol y una hembra a punto de desovar: los únicos sobrevivientes de la raza de productores de hongos, que unos días después de su llegada descubrirán el escondrijo de la tortuga. Hambrientos pero conscientes de que comparten la isla con otra especie en peligro de extinción, dejarán casi intactos los huevos y rescatarán del navío los sacos de semillas que inaugurarán la insólita gastronomía del posapocalipsis.
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